Un regalito para mi

Hace tanto que no escribo en este espacio, que me acaba de sorprender el cambio de look & feel de WordPress..!

Pasé un fin de semana largo en una Hacienda en el Estado de México, que hace años perteneciò a Cantinflas. Más allá de la historia del lugar y de lo bien que se la pasaron mi hijas viendo a los caballos y subiéndose a las resbaladillas y columpios de un modelo de cuando yo era niña, hubo un momento en especial que hoy agradezco y hago consciencia de que sí… esos momentos que uno a veces pide a gritos, de pronto llegan. Y hay que disfrutarlos.

En la Hacienda no hay señal de celular y la señal de wifi solo entra en el comedor. Asiíque en el cuarto estás básicamente incomunicado. Lo que esto provoca es que a las 9 de la noche, con las luces apagadas, las niñas dormidas y la chimenea encendida, no haya nada que te distraiga de descansar y no hacer absolutamente nada.

Y así lo hice. Mis hijas se habían quedado dormidas muy rápido y yo me puse la pijama, y salí para encontrar el fuego a punto de extinguirse. Quedaban muchas brasas rojas, asi que me senté frente a ellas, comencé a soplar y de pronto, para mi sorpresa, una nueva llama se encendió. Aprovechando que he visto El Náufrago muchas veces (jajaja), me puse a acomodar la madera de tal forma que en unos minutos, tenía un fuego hecho y derecho, del que siempre estaré orgullosa.

Y me senté en el suelo, recargada en el pie de la cama y por una hora no hice más que observar la chimenea, pensar que si yo fuera el Náufrago me hubiera muerto de frìo y hambre en media hora y nada más.

A las 10 de la noche llegó mi esposo de haber pasado la sobremesa con mis suegros y me acosté a dormir, con el cuerpo cansado, pero el espíritu feliz por haberme permitido darme esa hora solo para mi. Pude haberme puesto a arreglar la maleta, o prender la tele o cualquier otra cosa… pero he crecido y sé lo importante que es pasar tiempo conmigo y para mi.

Hasta la próxima ocasión, me quedo con el rico recuerdo del olor de la madera quemada, la sensación del silencio y el apapacho que me regalé.

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