El día de la Marmota

Cuando uno se entera de que va a ser mamá (supongo que en especial cuando es por primera vez), hay muchas emociones que invaden la cabeza y no se dimensiona todo lo que viene en camino junto con el bebé que está creciendo en la panza. Uno prepara el cuarto, la ropa, se lee todos los libros que le caen en las manos y se pasa el día soñando cómo será el angelito que está por llegar, en una imagen perfecta y feliz de anuncio comercial.

El embarazo puede ir mejor o peor para algunas; yo, sinceramente, a pesar de algunos achaques, lo disfruté mucho y siempre pensé que extrañaría mi panza y sentir a las bebés patear… Entonces  nacieron y yo no tuve ni un segundo para acordarme de la panza y de las patadas.

Nadie está preparado para no dormir más de tres horas seguidas durante un mes (o más), ni para cambiar sepetecientos pañales diarios mientras uno se mantiene en pijama durante días. En mi opinión, el inicio de la maternidad es difícil por tres razones básicas:

1.    No importa la cantidad de conferencias, pláticas, libros, blogs, enciclopedias, páginas web y cuentas de twitter con consejos prenatales hayas leído. Hasta que no tienes al bebé en los brazos y pasas con él una semana en tu casa, no tienes ni idea de lo que te espera.

2.       Nadie te dice lo que realmente sucede en ese primer mes… y aunque te lo digan, volvemos a la razón #1

3.       Ningún anuncio comercial muestra a una mamá en pijama, despeinada, agotada de no dormir, cargando un bebé que vomita y  llora de cólico… y aunque la mostraran, volvemos a la razón #1

A mi, mi mejor amiga del mundo, que se convirtió en mamá cuatro meses antes que yo, me lo dijo: “Que lo sepas de una vez que el primer mes es un infierno”. Yo la escuché y le creí, pero nunca lo dimensioné hasta que me vi con mis dos bebecitas en casa y pasé días sin salir del cuarto, en pijama o pants (cuando me “arreglaba”).

Y entonces me di cuenta de que la maternidad inicia con una sesión de entrenamiento que yo denominé el “Día de la Marmota”.

Las primeras semanas se pasan en una rutina eterna, repetitiva y constante de biberones, pañales y arrullos. Esto no tendría el efecto demoledor que tiene en el cuerpo y la mente de los padres primerizos, si no fuera porque pasas días enteros sin dormir más de tres horas seguidas y con el oído permanentemente alerta.

Los días van pasando y uno se siente como en una neblina… No sabes bien qué día es, que hora es, si tienes frío o calor y tienes que decidir si vas a dormir con hambre o a comer con sueño, porque no hay tiempo para hacer ambas actividades. Te pasas el día dando de comer, cambiando pañales y durmiendo bebés (dos, en mi caso) mientras que tú no tienes tiempo de comer, ir al baño o dormir. Yo solo esperaba que cumplieran el mes, para que la luz empezara a asomarse al final del túnel.

Lo que si es cierto es que uno genera habilidades nuevas: aprendes a dormirte medio segundo después de haber acostado al bebé, para aprovechar lo más posible la hora y media de sueño; aprendes a comer de pie y con una sola mano, mientras arrullas al bebé en la otra, aprendes a disfrutar de la comida fría y a ir al baño con un bebé en brazos.

Mis hijas empezaron a tener cólicos como a las dos semanitas de vida. El llanto me partía el alma y entonces me empecé a encomendar a nuevos santos como San Espavén Mártir y me olvidé de la pena cuando le hablé al pediatra a la una de la mañana de un viernes para que me dijera qué más podía hacer con la pobre inocente que se estaba retorciendo de dolor.

El pediatra me preguntó: “Estás amamantando?” Yo le respondí que si, a lo que me dijo: “Y estás cuidando lo que comes? Porque eso puede afectarles a ellas.” A lo que yo solo respondí “Si” y en mi mente pensé: “Brother, no como nada en todo el día! Qué les puede afectar?”

Así fueron pasando los días y las semanas. El día que cumplieron un mes, le mandé un mensaje a mi amiga y le dije: “Sobreviví el mes infernal!” y nunca voy a olvidar su mensaje de respuesta: “Para no errarle, mejor calcúlale dos!”

Sin la ayuda de mi esposo que es el mejor papá del mundo, de mis papás, mis suegros, mi hermana, mi cuñada y el apoyo moral de mis amigos de cerca y de lejos, seguramente no hubiera sobrevivido. Pero si sobreviví!

Lo más sorprendente de todo es que a pesar de que si hubo momentos de crisis y depresión, lo que ahora recuerdo más de esas semanas es haberme quedado muchas horas viendo a mis hijas dormir, tomándoles un millón y medio de fotos en la misma posición y emocionándome cuando se despertaban y me veían. Me quedé dormida muchas veces con ellas en los brazos y no creo que haya una mejor sensación que esa en el mundo.

Ahora que van creciendo, ya no comen cada tres horas, ya pasan muchas noches sin despertarse, juegan, me platican, se ríen y empiezan a darse cuenta la una de la otra, lo cual ya me ha sacado dos o tres lagrimitas de emoción.

Pasé el día de la marmota y aunque parezca increíble, lo recuerdo con nostalgia, porque sé que no va a volver… Qué bueno! Y qué triste!

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Un pensamiento en “El día de la Marmota

  1. Pingback: Los “terribles dos”: la Edad Bipolar | La_New

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